Cómo vinimos a parar acá

26 octubre 2006 | Publicado en | 4 comentarios

Alguien me sugirió que escribiera acerca de “nuestra emigración”. Cómo fue que decidieron irse del país? Cómo eligieron el destino que eligieron? Etcétera. Bueno, más o menos acá está: un boceto de nuestro pequeño, humilde huequito en la tipología del despatriado argento.

Como es de suponer, despatriados argentos los hay de muchas clases. Está el que planificó su emigración con sesudos análisis de por medio —y tiende peligrosamente a embolar a Dios y a María Santísima con su detallada enumeración de ellos—, análisis que lo convencieron de que emigrar era la única opción inteligente (como si los millones que no lo hacen fueran todos idiotas). Está el que salió corrido por la desesperación —en sus variadas formas: desempleo, falta de oportunidades, negocios fallidos, desengaños de diverso tipo incluido el político— y no tuvo tiempo más que para manotear el cepillo de dientes. Está el que salió con un proyecto acotado en el tiempo —típicamente a estudiar— y cambiando sobre la marcha decidió no volver. Otros se las tomaron siguiendo la llamada del amor. Bueno, no voy a extenderme ad infinitum en la tipología. Valga la breve enumeración para establecer un marco en el cual situar nuestra categoría: nosotros emigramos por casualidad.

Suena raro, ya sé, pero fue así. A diferencia de miles de compatriotas que estaban haciendo cola —física o mentalmente— en los consulados extranjeros, a nosotros ni se nos pasaba por la sesera emigrar. No porque estuviéramos maravillosamente, sino porque estábamos simplemente bien —en algunos aspectos específicos, como la seguridad, tal vez menos que bien— y no reuníamos las condiciones para emigrar. Ni nacionalidades otras que la argenta [VER NOTA AL PIE], ni posgrados hechos o por hacer, ni familia o amigos que nos “llamaran”, ni trabajo en ninguna filial local de una compañía internacional, ni —teniendo ambos nuestros trabajos— desesperación que nos empujara a salir a tontas y a locas, ni “siempre he soñado con irme”, ni un amor que nos arrastrara a la aventura —el amor lo teníamos y seguimos teniéndolo en casa—, ni la persecución política... Pero, sobre todo, carecíamos del impulso básico o, más aún, la actitud básica en nuestro caso era más bien “Uhm, eso no es para nosotros”.

Y entonces qué pasó? Bueno, para hacer corta una historia larga, por causa de mi trabajo en Buenos Aires yo había estado en contacto un par de veces con una organización internacional, para la cual había trabajado en dos ocasiones por períodos muy cortos (lo que dura una conferencia internacional). Y sí, es cierto, cada vez que volví a casa después de esos eventos, mi esposa y yo fantaseamos con que de ahí pudiera un día salir un laburo —tal vez, pero no necesariamente, en el exterior. Pero el punto es que, cada vez que volví a casa —y por la razones explicadas en el párrafo anterior— no hice absolutamente nada para realizar esa fantasía: ningún sitio de empleos internacionales fue acogido en la pantalla de mi Mac de entonces, ni siquiera seguí intercambiando e-mails con quienes me habían convocado a participar en esas cortas experiencias en el exterior.

Lo que finalmente pasó fue que un día alguien que me había conocido en ese contexto se acordó de mí cuando se abrió una vacante en la organización mencionada más arriba. Ahí sí el tema de la emigración se planteó seriamente —y por primera vez— entre mi esposa y yo. Y digo “entre” porque en ciertos momentos las opiniones estaban divididas (como casi siempre,
ella tenía razón). Finalmente, casi completamente seguros de que no iba a pasar nada me postulé a ese trabajo, y como es de suponer por el título de esta nota, me contrataron para el laburo... y acá estamos.

Por supuesto que a medida que la cosa se iba poniendo seria y la posibilidad de que nos viniéramos aumentaba con cada paso del proceso de selección, hicimos todo la elaboración interna de “prepararnos” para emigrar, sobre todo en el aspecto afectivo/emocional, que fue toda una revolución en nuestras vidas como en las de muchos que pasaron y pasan por lo mismo: alejarse de la familia, los amigos. Pero dejo ese tema para otra nota. En síntesis, primó el deseo de hacer una experiencia diferente que imaginábamos incomparable con cualquier viscisitud que la vida pudiera depararnos en Buenos Aires. Y, sobre todo, la expectativa de que esa experiencia aportara cosas positivas al desarrollo de nuestra prioridad (= la que en la foto aparece en el medio).

Cómo elegimos el destino? No lo elegimos. Yo acepté —nosotros, con mi esposa, aceptamos— una oferta de trabajo que implicaba mudarse a Ginebra, Suiza. Bárbaro, pero en lo que a nosotros concierne podía haber sido a otra ciudad de similares características en otro país. De hecho, nuestra emigración estuvo tan poco ligada a su destino geográfico específico que, por ejemplo, el tema del idioma —y las consecuencias a él ligadas— no se nos planteó en toda su dimensión hasta que estuvimos acá.

Y así fue cómo llegamos acá, un poco al azar, si así decir se puede. Pero no nos quejamos: hasta ahora siempre conseguimos yerba.

(Dejo para otras notas los temas de si en nuestro caso la evaluación de la movida es positiva o no, lo que ganamos y lo que perdimos, y si volveríamos a la patria lejana. Mientras tanto, argentinos discuten sus experiencias de emigrados por ejemplo aquí y aquí.)

[NOTA: Entretanto, esto ha cambiado.]

4 Comentarios

  1. mardevientos says:
    miércoles, noviembre 15, 2006

    Linda esta historia, linda como la escribiste, y sobretodo mas lindo aun como se liberaronb a las posibilidades, sin buscarlas. Eso se llama destino no?
    Saludos desde Roma, M.

  2. SpinDoctor says:
    miércoles, noviembre 15, 2006

    Hola, Marcela. Si, hasta cierto punto hubo algo de dejarse llevar. Y si actuo el destino, sospecho que para llevar a cabo sus designios se valio sobre todo de mi esposa, que tiene las antenas mucho mas receptivas (es medio bruja, bah) que yo para esas cosas.

    "El destino tiene cara de mujer" daria un buen titulo para una telenovela, o eso ya se hizo? :-)

  3. Anónimo
    sábado, agosto 18, 2007

    Hola me llamo Gabriel y tengo 44 años
    Yo emigre antes, estuve en Italia y España
    Tambien conoci Suiza y quede maravillado con su orden y el todo funciona
    Estoy bien economicamente en Buenos Aires sin embargo debido a mi especialidad (soy Ingeniero en Siderurgia) una corpoacion internacional de primer nivel (que se la conoce mucho x los granos) me ofrecio un trabajo en Ginebra
    Es para desarrollar el mercado italiano
    El sueldo que me ofrecen es 4 veces en la misma moneda de lo que gano aca y las presepectivas son fabulosas
    Yo hablo ingles e italiano, mi esposa ingles y es Lic en Informatica
    Mis hijas 10 y 12 años desde el jardin que van un colegio aleman
    De frances ni mu
    Estuve en Zurich el año pasado y me encanto
    La empresa tiene una oficina en Milan y otra alternativa seria ir alli y dije que no
    Este año tambien rechaze una oferta para ir a España
    No se porque pero tengo el feeling que Ginebra es el lugar
    Me gustaria saber si hay colegios bilingues español frances español aleman
    Te dejo mi mail
    Me gustaria entrar en contacto contigo
    gabrielpit@yahoo.co.uk

  4. Anónimo
    lunes, mayo 12, 2008

    Hola! La verdad me hiciste lagrimear... Soy otra argentina, que vive en Ginebra y... que en dias como hoy se pone sensible! Extranio los domingos en familia, gran familia... y tantas cosas mas.
    La vida en Ginebra es linda, estable. Pero cuando uno esta lejos de casa, es como si a tod le faltara un toque de algo... por lo menos a mi me pasa.
    Escuchar a mi gorda de 3 anios decir que quiere comer un choripan o que le compre dulce de leche con un acento re portenio, me hace lagrimear!!
    Gracias por tus palabras y la musica que compartida!
    Saludos, Estefania