Una noche en la guardia del Pirovano

12 marzo 2007 | Publicado en | 12 comentarios

—Le convendría que lo vea un médico —me dice el hombre de uniforme blanco que me acaba de medir la presión arterial en la farmacia de Cabildo y Virrey Olaguer.
—Le parece? —pregunto.
—Sí, la tiene un poco alta: 17 de máxima y 10 de mínima. Se siente bien?
—Sí, normal, pero me estuvo doliendo mucho la cabeza ayer a la noche y hoy también un poco.
—Sería bueno que lo vea un médico, para quedarse tranquilo —insiste el hombre de blanco.
—Y dónde puedo ver un médico? —pregunto.
—Vaya a la guardia del hospital Pirovano.


Mi mujer no está de acuerdo. No con que consulte a un médico, sino con lo de ir al Pirovano. Quiere que busque un sanatorio o una clínica privada. Pero son cerca de las ocho de la noche y ninguno de los dos tenemos idea de por dónde empezar a buscar. Y estando en Belgrano, el Pirovano es el hospital que queda más cerca.
—Aparte —le digo a Gabriela con aire razonador, convincente—, estamos en uno de los mejores barrios de la capital de la Argentina, no? El hospital no puede ser tan malo. Y esto no es una emergencia ni un asunto grave, apenas un control.

Sigue sin estar del todo de acuerdo, pero acepta. Quiere acompañarme. La convenzo de que es mejor que vaya con nuestra hija al departamento prestado en el que estamos pasando parte de nuestras vacaciones en Buenos Aires y me espere ahí. Subo a un taxi y en quince minutos estoy entrando a la guardia del hospital. Al bajar del taxi recuerdo: yo ya he estado aquí antes.

La recepción de la guardia es una salita pequeña donde tres o cuatro personas esperan sentadas y no se ve a nadie del personal del hospital. No hay ningún recepcionista, ni ventanilla, ni timbre. Nada, excepto dos puertas. Pruebo una y da a un pasillo. La otra parece ser la buena, pero hay un cartel borroneado que tal vez haya dicho “no pasar”. La abro y miro: nadie. Entro. Recorro un corto pasillo en ‘S’ y doy con otra puerta sobre la que hay un cartel que, éste sí y claramente, me conmina a no traspasarla. Vuelvo a la sala de espera.

Pregunto a una mujer joven que está sentada ahí qué hay que hacer para ser atendido.
—Espere a que salgan a preguntar quién está para la guardia —me dice.
Espero. Espero cinco minutos que, esperando, son un montón de minutos. Salgo afuera y le pregunto al muchacho con uniforme de agencia de seguridad privada cómo es la cosa.
—Mirá —me explica, amable—, si querés que te atiendan tenés que entrar y decir que hace un montón de tiempo que estás esperando. Pero no se te ocurra decirles que yo te dije —me aclara—, porque después me cagan a pedos.
—Pero no hace mucho que espero —le digo, y nomás de decirlo me siento un poco boludo. Menos mal que mi acento es porteño —pienso—, si no éste me toma por un extranjero.
—Ya sé, pero es la única manera —insiste, pedagógico.
—Voy a esperar un ratito más, y si no sale nadie entro —le digo, y le agradezco la ayuda.

Espero. Espero otros cinco minutos. Gente entra y sale por la puerta, pero se nota que son acompañantes, no pacientes. Sigo esperando.

Una mujer de alrededor de cincuenta años entra a la sala de espera desde la calle. Renguea de un pie y hace ostensibles gestos de dolor cada vez que lo apoya en el suelo. Enfila hacia la puerta y entra. Si sigo esperando puedo pasar la noche acá —reflexiono—, porque van a seguir llegando otros que se van a mandar derecho viejo. Así que sigo el consejo del muchacho de seguridad y me mando yo también. Sigo a la renga por el pasillo en ‘S’ y traspaso, como ella, la puerta prohibida.

La guardia es una serie de boxes alrededor de un pasillo en ‘L’. Un médico pasa por el pasillo y entra a un box. Una empleada de limpieza está parada a final del pasillo, completamente inmóvil si no fuera porque mastica un chicle. La renga espera adelante mío. Acompañantes van y vienen. Uno de ellos, una mujer joven, me mira a los ojos desde el otro extremo del pasillo. Yo le sostengo la mirada, entre sorprendido y curioso, hasta que me doy cuenta de que en realidad no me está viendo. Me apoyo en la pared y espero.

Sacan a una adolescente en una camilla de uno de los boxes al final del pasillo. Una especie de tubo de plástico le rodea el cuello y se lo mantiene inmovilizado. Tiene la cara algo golpeada. Un médico está junto a ella y mira radiografías contra los tubos fluorescentes en el pasillo. La mujer de la mirada perdida espera junto a él, ahora con ansiedad en los ojos.

—No tiene nada, traumatológicamente está todo bien —le dice el médico a la mujer—. Ahora la van a llevar a pediatría.
—Tengo que darle algo? —pregunta la mujer.
—No, póngale hielo, con eso basta.
—Dónde consigo hielo?
—Acá no tenemos —dice el médico—, tiene que buscarlo afuera.
—Compro Rolitos en una estación de servicio? —pregunta la mujer.
—No, vaya a un bar y pida un poco de hielo en una bolsita; explíqueles que es para acá.

La mujer pasa disparada junto a mí. A la chica se la llevan. El médico desaparece en otro box. Al ratito llega una pareja con el miedo pintado en la cara. Preguntan por una chica joven accidentada. Les digo que se la llevaron a pediatría. Quiero decirles que el médico dijo que no tenía nada, pero no sé por qué no me sale. Se van. Sigo esperando.

Una mujer sale con el médico del box y ve a la renga. La conoce. Hablan. La que estaba en el box toma a la renga de la mano y la lleva a ver al médico, que está otra vez mirando radiografías, siempre en el pasillo. Quedo solo junto a la puerta. Bueno —me digo—, al menos ahora soy el primero.

Entra una mujer y se me para al lado. Es más bien baja, pelo corto, un ojo muy desviado, edad difícil de precisar. Tiene un aire raro, pero puede ser por el ojo virola.
—Ésta es la guardia? —me pregunta.
—Sí —le respondo.
—Están atendiendo? —me pregunta.
—Sí —le respondo.
—Tengo que ver a un doctor porque si no me voy a morir —me dice y me mira fijo, pero no logro identificar con cuál ojo. Siempre me pasa lo mismo en estos casos, y termino poniéndome nervioso porque no sé adónde mirar.
—Qué le pasa? —le pregunto, como para no dejar decaer la conversación.
—Me hicieron una cesárea —dice y se señala el abdomen.
—Cuándo? —le pregunto mientras algo alarmado empiezo a mirar alrededor buscando una silla o algo donde se pueda sentar.
—Hace tres años —dice—, pero me sale pus. El doctor me dijo que tenía que venir acá.
—Entonces ya la vio un médico?
—Sí —dice—, en González Catán. Pero la cesárea me la hicieron acá. Y el doctor me dijo que viniera acá, que si no me voy a morir.
Ah —digo, y no sé cómo seguir, así que me callo.

Esperamos. Al poco tiempo entra una chica. Morocha, veintipico, ombligo al aire, gesto de dolor. Nos mira a los dos. Debe de tener el mismo problema que yo con los ojos virola porque, aunque está más cerca de la mujer, me encara a mí y pregunta:
—Ésta es la guardia?
—Sí —le respondo.
—Y cómo hay que hacer para que a uno lo atiendan?
—Ah, sobre eso no tenemos la menor idea —le respondo, hablando por mí y por la virola.

Esperamos. Gente entra y gente sale. Algún uniformado va y viene. Hay uniformes de varios colores: blancos, té con leche, azules, celestes, verde agua. Difícil adivinar quién es quién. Y superfluo, además, ya que nadie nos da ni la menor bolilla. La mujer de la limpieza sigue parada al final del pasillo, quieta pero masticante.

Los tres que esperamos nos miramos de vez en cuando. Presiento que estamos por iniciar una bonita conversación cuando la puerta se abre y con gran barullo entra una camilla escoltada por un número de uniformes blancos y té con leche. En la camilla una chica joven con las ropas en desorden se queja y se revuelve muy agitada. Los camilleros la sujetan. Detrás vienen tres o cuatro jóvenes. Las chicas llevan el ombligo al aire y los brazos tatuados. Los chicos llevan el pelo largo y los brazos tatuados. Todos los tatuajes desaparecen en un box.

La morocha de gesto dolorido me mira y dice:
—Me parece que ya me siento mejor.
Tengo que hacer un esfuerzo para no reírme, porque creo que no quiso hacer un chiste.

Casi enseguida la feria del tatuaje sale del box y enfila hacia la puerta. Los arrea una mujer de uniforme blanco y pinta enérgica, que una vez que los despacha nos encara a los tres que esperamos hace rato.
—A ver, señores, acá no pueden estar, tienen que esperar afuera.
—Hay alguna posibilidad de que atiendan un caso de hipertensión leve? —le pregunto.
—Quién es el hipertenso?
—Yo.
—Cuánto tiene?
—Diecisiete diez.
—Siéntese ahí —me dice, y señala una silla junto al biombo del box donde acaban de ingresar a la chica. Luego encara a la mujer del ojo desviado:
—A usted qué le pasa?
—Yo tengo que ver a un doctor porque si no me voy a morir.
—Salga y espere afuera.

Me siento y no escucho la conversación de la uniformada con la morocha, pero ésta, al igual que la virola, marcha pa’fuera.
—Ahora van a venir a tomarle la presión —me dice la enérgica al pasar junto a mí.
—Gracias —le respondo a su espalda.

Espero, pero ahora sentado. Extraño a mis dos compañeras y me pregunto qué será de ellas. Gente entra y gente sale. Uniformes van y vienen. Mayormente van, en realidad, porque poco a poco van desapareciendo. Hasta la masticante ya no está apostada al final del pasillo. Desde donde estoy sentado veo una camilla cuya sábana no alcanza a cubrir unas manchas de sangre en la colchoneta que la cubre. No resisto la tentación y le hago una foto. No sale muy bien.

El éxodo de uniformes ya es total cuando de pronto veo a dos de ellos que entran desde la sala de espera. Cada uno lleva un gran paquete envuelto en el inconfundible papel blancuzco que usan las rotiserías porteñas. Desaparecen por el extremo de un pasillo. Todo queda en silencio.

Espero. En la guardia no hay ningún movimiento. Pasa un rato. Sigo esperando cuando detrás de mí, del otro lado del biombo, la chica que trajeron en la camilla empieza a hacer ruidos. De pronto aparece junto a mí. Se la ve muy perdida, tambaleante. Está a punto de caerse a cada paso. Va en claro rumbo de colisión con la pared. Mierda —pienso—, se va a dar de cabeza contra unos tubos metálicos fijados a la pared. Así que me levanto de la silla y la tomo de un brazo. No es que me agrade la situación, pero está demasiado cerca de mí para ignorarla. Trato de llevarla hacia la silla. Se resiste, se le aflojan las piernas. La agarro por los sobacos y no sin cierto esfuerzo consigo acomodarla en la silla.

Logro sentarla, a pesar de que tiende a resbalar hacia el suelo. Tiene abierto el cierre del pantalón, que está bastante caído, así que muestra mucha más bombacha que lo que es habitual estos días entre las jóvenes porteñas. La remera está malamente desacomodada, de manera que gran parte del corpiño está a la vista también. La cabeza le baila sobre los hombros como si tuviera el cuello de goma. Gesticula, barbotea algo incomprensible. En fin, que no parece contenta. Trata de levantarse, así que la sujeto firmemente por los hombros y le digo que se quede sentada, que se va a caer y a lastimar. Hace más fuerza. Yo peso bastante más que ella y estoy de pie así que logro mantenerla bajo control en la silla. Pero empieza a tirarme manotazos. Definitivamente, mi intervención no es de su agrado.

Y entonces reflexiono. Hace poco más de una hora un empleado de farmacia me recomendó que viera a un médico y ahora acá estoy, tratando de evitar que se rompa la crisma una mina semi en bolas, probablemente drogada, que me quiere pegar. Pero quién carajo soy yo para impedirle moverse? Y encima por la fuerza. Qué autoridad se me ocurre que tengo para hacer lo que estoy haciendo?

Tomo una decisión. La suelto. Se pone de pie y enfila hacia el pasillo. Tambalea. Si se cae —pienso— se abre la cabeza. Así que la tomo de un brazo y la mantengo en pie mientras avanza por el pasillo. Trata de soltarse. Me doy cuenta de que, excepto por la silla, estoy en la misma situación de hace un momento.

Entonces, sin pensarlo, grito: “PUEDE VENIR ALGUIEN! QUE VENGA ALGUIEN POR FAVOR!”

Lo que sigue es algo confuso. Aparecen varios uniformes de diversas tonalidades. Hay movimientos varios. Yo ya no sostengo a la chica y estoy de vuelta sentado en la silla. Una de las uniformadas se me viene al humo y me increpa:
—Señor, acá no puede levantar la voz!
Me cuesta creer que me esté cagando a pedos a mí. Parece que la interrupción de la cena no le cayó demasiado bien.
—Mire, me asusté porque no la podía sujetar y se iba a caer; tuve que pedir ayuda —le digo, tal vez excesivamente apologético.
La conversación sigue más o menos en el mismo tono, hasta que me pregunta:
—Y usted qué está haciendo acá?
—Hoy me dolía la cabeza, fui a una farmacia, me tomaron la presión y me dijeron que viera un médico, vine acá y una colega suya me sentó y me dijo que esperara a que me controlaran la presión —le respondo tan telegráfico como humilde. No quiero arriesgarme a mandarla a la mierda porque seguro que entonces no me atienden y a esta altura ya invertí demasiado tiempo esperando.
—Y ya se la controlaron?
—No.
—Bueno, espere.

Vuelve casi enseguida con el aparato adecuado y me mide la presión. Me hace algunas preguntas y me da media pastillita blanca y un vaso de agua.
—Tome esto, vaya a dar una vuelta y vuelva en media hora para que lo controlemos de nuevo.

Salgo a la calle y empiezo a caminar de acá para allá, siempre camino así cuando estoy nervioso. Hay tres policías charlando en la vereda. Uno de ellos viste una remera negra muy ajustada a su prominente abdomen. Está bien afeitado y tiene el pelo muy, muy negro. Parece un Al Pacino inflado con aire comprimido. Una jovencita muy atractiva pasa cerca de los canas. Al Pacino gira el torso y masculla algo por lo bajo casi en la oreja de la chica. “Al servicio de la comunidad” —pienso.

Espero y camino. Le paso un parte de la situación por teléfono a mi mujer. Camino y espero. Veinte minutos son muchos cuando tenés que esperar sin hacer nada más. Un patrullero estaciona junto al cordón y bajan tres canas más. Gordos, pesados, el más grandote porta unos bigotazos dignos de otros tiempos. Los recién llegados se acercan a los otros y... se besan! Todos, se besan. Yo había observado que los hombres argentinos se besaban más que antes, pero esto francamente me sorprende un poco. Es que la Federal se habrá convertido en una policía sensible? Harán talleres sobre nueva masculinidad y esas cosas?

Vuelvo a entrar a la guardia. La silla donde estuve sentado antes ha desaparecido. Me quedo de pie. Espero. Al rato viene una médica que parece estar comenzando su turno. Va de box en box y chequea los casos contra una planilla. Cuando llega al box de la drogona se para afuera y, mirando hacia adentro, dice:
—Quedate quieta, tranquila... Te vas a caeeer... te vas a caeeer...
Un ruido sordo oír se deja.
—Te caíste —dice la médica, siempre inmóvil, parada frente a la entrada del box—. No es nada, no pasa nada —agrega.

Mientras un enfermero se hace cargo de la caída, la médica me hace sentar en la camilla ensangrentada. Me mide la presión. Parece que no bajó mucho. Me hace preguntas. Le doy respuestas. Al parecer debería haberme quedado sentado mientras esperaba que la media pastillita hiciera efecto, caminar no ayuda a bajar la presión. El “vaya a dar una vuelta” de la otra médica había sido apenas una manera figurada de hablar. Me ordena una radiografía de tórax, ver a un especialista y comer sin sal.
—La placa se la puede hacer acá mismo, ahora —me dice.

Cuando me voy paso frente a la sala de rayos de la guardia. Decido que no hay apuro. Salgo a la calle, los canas ya no están. En el taxi llamo a mi mujer y le aviso que estoy en camino. Converso con el tachero sobre mis recientes experiencias.

Sólo cuando llego a la puerta del departamento me doy cuenta de una cosa. En el hospital no me cobraron nada.

12 Comentarios

  1. Miraquetemiroyo says:
    martes, marzo 13, 2007

    Me hiciste reir hasta las lágrimas.

    Por la foto se diría que han modernizado algo las instalaciones pero la idiosincracia sigue siendo la misma y no lo digo como crítica sino con admiración.

    (No sos el único que se pone nervioso con los virolos)

  2. Adri says:
    martes, marzo 13, 2007

    si, no se si reir o llorar, pero lo que me sorprende es que todo eso, bueno, no te haya levantado la presion aun mas! espero que ahora estes bien. un abrazo!

  3. Andrés MR says:
    martes, marzo 13, 2007

    Siempre me resulta más que entretenida su narrativa. Lo que cuenta es tristemente habitual aquí, en muy diversos órdenes y niveles.

    Un abrazo, maestro!

  4. Denise Cáceres says:
    martes, marzo 20, 2007

    Qué risa de tanta tristeza...
    Gracias Dios del Humor que nos has bendecido con tu don!!!
    Casi muero con el curso de nueva masculindad...
    En el verano tuve un episodio similar, mismo tema de consulta, pero en el Fernández...Que está un toque más organizado. Hay una ventanilla; donde te maltratan previo entrar a la guardia.
    Es desesperante ver en lo que se ha transformado la realidad hospitalaria...a lo que quedamos reducidos los humanos: doctores, pacientes, otros.
    ¿Es realmente cuestión de dinero?

  5. Denise Cáceres says:
    martes, marzo 20, 2007

    otro detalle...Para la presión, no sal, no conservantes de las cosas envasadas...Y a mi me funcionó la homeopatía.
    Holísticamente ver libro la enfermedad como camino. Interesante visión.
    Evitar en lo posible ser medicado con pastillas.
    Espero spindoctor haya sido algo transitorio.

  6. SpinDoctor says:
    miércoles, marzo 21, 2007

    Risas y llanto mezclados, si, ese es el sentimiento predominante ante estas cosas que nos pasan a los argentinos. Debo de haber estado unas dos horas en total, y dio para este breve capitulo de Grey's Anatomy del subdesarrollo. No quiero imaginar lo que debe de ser una noche, una semana, un mes enteros. Y si, no es solo cuestion de dinero (los medicos y enfermeros, tienen necesariamente que cenar todos al mismo tiempo?), aunque claro, tambien es cuestion de dinero (personal de recepcion adecuado 24/7 significa presupuesto). El Fernandez era la otra opcion, pero en el momento no me acorde (tenia dificultades para recordar cosas como, yendo por esta calle, que viene primero, Cordoba o Corrientes). La presion anda bien, gracias por vuestra preocupacion. Mi esposa me puso a dieta y hasta quiere que vaya al gimnasio; yo por ahora me resisto, pero acepte renunciar a los manies salados... :-)

    PS. Mas de una vez me pregunte que habra sido de la mujer que necesitaba ver un doctor porque si no se iba a morir.

  7. CB says:
    jueves, marzo 22, 2007

    Lo leí hasta el final. Muy bien escrito y mas que interesante el relato. Y el tema da para escribir una enciclopedia. Yo trabajè de voluntaria en el Pirovano a los 14 años. Escribí un cuento sobre eso. Se llama Fitz Roy. Pasen bien la nieve!

  8. SpinDoctor says:
    viernes, marzo 23, 2007

    CB, gracias por la visita. Si esta en tu blog, podrias mandar el link al cuento...

    Y en otro orden de cosas... alguien que prefirio comentar el post por correo electronico me escribio: “...leí una contratapa de Página/12 >Malabarismos< de Sandra Russo, y me hizo llorar (en serio). Tu nota no me hizo llorar, por momentos me hizo reir, pero no sé, sin ganas...” Como la escritura de Sandra Russo siempre me ha gustado mucho, segui la implicita recomendación, y busque la nota mencionada. Realmente vale la pena leerla, es excelente. Esta aca. No te la pierdas. (Y en lo posible no la compares con lo que escribi yo :-)

  9. Leandro Suarez says:
    lunes, marzo 26, 2007

    Impresionante. Me estaba yendo a dormir y dije: me voy a leer un post antes. Lo ví extenso y me pareció que no lo iba a terminar despierto. Pero no, no pude parar de leerlo, es muy muy bueno.

    Hay varias cosas tan bien contadas y tan reales. Yo medio que me olvidé, de hecho no sé si alguna vez -toco madera- estuve en la guardia de un hospital. Y la última frase es así. Aunque acá me pasó que tampoco me cobraron en el momento, sólo que después el p*** papelito rosado me dolió más que la razón por la que fui al hospital.

    ¿Lo de la virola? A mí me pasa lo mismo. Tendrían que hacer un gesto rápido para poder mirar tranquilo a nuestro interlocutor y asunto solucionado. No es tan difícil.

    La mina que si no veía a un médico se moría también me dejó intrigado. No creo que se haya muerto, pero hay que reconocer que entró con la actitud perfecta para ser atendida. Pensá que los médicos deben haber dicho: hoy vino una re pasada, otra que casi se muere porque le supuraba la barriga, y un tipo que no sé, no tenía nada, le tomé la presión y se fue.

    En fin, un abrazo y menos mal que aclaraste que ya estaba todo bien. Lástima lo de los maníes, qué se le va a hacer.

    Salute!

  10. SpinDoctor says:
    miércoles, marzo 28, 2007

    "...un tipo que no sé, no tenía nada, le tomé la presión y se fue" —me encanto la sintesis, Leandro.

    La prohibicion de los manies salados obviamente se extiende a las papas fritas y a todos los 'saladitos' en general, lo que me esta convirtiendo en un paria en los aperitivos y eventos similares... :-)

    Ah, tengo que corregir una informacion que di mas arriba: ya fui dos veces al gimnasio. Ja!

  11. Anónimo
    miércoles, agosto 29, 2007

    Mi nombre es Gabriela Soilveira, soy trabajadora social y miembro de la Fundación Sendero de Argenntina. Somos una organisación no gubernamental sin fines de lucro que realiza diversos proyectos sociales. En la actualidad estamos buscando financiamiento para estos proyectos. Si alguien conoce alguna entidad en Ginebra o en otro lado que nos pueda ayuda, estaríamos muy agradecidos.
    Asimismo, uno de los proyectos que tenemos es de voluntarios internacionales. Consiste en que voluntarios de diversas partes del munda vengan a nuestra fundación para realizar diversas tareas sociales. Por lo que si alguien en Ginebra le gustaría ser voluntario en nuestro país se puede contactar con nosotros para que les contemos más sobre el proyecto.
    El mail de la fundación es: fundacíonsendero@yahoo.com.
    Muchas gracias por el espacio y con un mate en la mano, les mando un gran saludo desde Argentina.
    Lic. Gabriela Silveira
    Fundación Sendero

  12. Melina says:
    jueves, septiembre 24, 2009

    Genial! No se cómo, has logrado movilizar mis músculos dormidos por la anestesia que me puso el dentista hace un rato. Buenísimo!