Santa semana, Batman!

06 abril 2007 | Publicado en | 2 comentarios

Esta semana recibí un saludo de una amiga que me deseaba Feliz Pascua y Feliz Pésaj (la Pascua Judía) —supongo que la idea era que yo marcara con una tilde la opción que mejor se me aplicaba. Además, un amigo me envió una reflexión bíblico-teológica sobre el Evangelio del Jueves Santo. Y, siempre esta misma semana, en el International Herald Tribune me llamó la atención una columna de James Carroll titulada “Pésaj y la Pasión”. Y para terminar, por obra y gracia de la más absoluta serendipia, di con un texto de un teólogo católico brasileño sobre el significado de la crucifixión vista como derrota.

Por supuesto, qué otra cosa podía hacer que leer todo ese material —de la manera más subjetiva posible, claro— y resumirlo para vos en este post?


La reflexión que me forwardeó mi amigo la escribió su pastor —mi amigo es miembro de la iglesia luterana en Buenos Aires— y comenta el Evangelio de Juan, capítulo 13: el relato de la última cena de Jesús con sus discípulos. “Qué es el evangelio?” se pregunta el pastor, y responde: “Es el anuncio del proceso por el cual Dios se hace próximo, pero no solamente cercano y que habita con nosotros y nosotras, sino que habita escandalosamente con aquellos que han sido esclavizados por el sistema social, económico o religioso.”

Esclavizados por el sistema social o económico, OK, eso se entiende. Pero religioso? Ah, claro, el sistema religioso judío que condenó a Jesús a morir en la cruz.

Ahí es donde el artículo de Carroll, un ex sacerdote católico que devino escritor y padre de familia, resulta interesante. Partiendo del hecho de que las dos pascuas están indisolublemente ligadas —porque la cristiana está estructurada en torno a los últimos días de Jesús, que a su vez estuvieron organizados en torno a su propia observancia judía del Pésaj— Carroll señala que hay un “difícil problema” del lado cristiano.

Ese problema sería el hecho de que las narrativas de la Pascua cristiana “son explícitas en la culpabilización de los judíos”. En vista de ello, cómo pueden los cristianos “abandonar su actitud esencialmente denigrante de la religión judía y, al menos implícitamente, del pueblo judío”, pregunta Carroll. La acusación medieval de “deicidio” contra los judíos porque habrían sido los “asesinos de Cristo” está, según él, indisolublemente contenida en los textos fundantes de la iglesia cristiana.

Textos que, según Carroll, deben ser leídos críticamente, especialmente en cuanto a cómo y cuándo han sido escritos. No se trata, afirma, de informes de primera mano de testigos presenciales, sino de escritos que tomaron forma dos generaciones después de los hechos y en medio de una polémica acerca del significado del ser judío luego de que los romanos destruyran el templo de Jerusalén en el año 70. Algunos judíos afirmaban que lo esencial era la observancia de la Ley (Torah). Otros respondían que Jesús mismo era el nuevo templo.

O sea, se trataba de una polémica intrajudía, pero cuyos términos fueron interpretados muy diferentemente por los no judíos que se incorporaron al movimiento de los seguidores de Jesús. Éstos leyeron la polémica contra “los judíos” como si Jesús no hubiera sido él mismo judío, y pronto esa condición fue incluso olvidada.

La bomba de tiempo que el cargo de “deicidio” representa, dice Carroll, sólo puede ser “desactivada” si los cristianos son capaces de leer sus textos fundantes relativizando las referencias a “los judíos” que éstos contienen.

En este punto, la reflexión del pastor de mi amigo me parece haber pasado la prueba con éxito. No se trata en ella de “los judíos” sino aquello que en la religión —en cualquier y en toda religión— está al servicio del poder. La encarnación de Dios “no es cualquier encarnación”, sino una que tiene lugar “en los espacios en los cuales los seres humanos nunca hemos de encontrar ni gloria ni prestigio”, allí donde se encuentran los “estigmatizados, impuros litúrgicos, extranjeros, despojados”.

Esta “buena noticia” necesita ser acogida con una actitud determinada: la fe. Qué es la fe? “Es apropiarnos de aquello que es invisible a los ojos de los que viven con los criterios de nuestra sociedad, [y] nos permite integrarnos en el proceso de Jesús de hacerse cercano de aquellos que ocupan el último lugar en la sociedad y en las iglesias”.

Sí, ya sé, suena un poco à la Saint Exupéry, no? Pero no deja de ser una idea interesante. Aunque la pregunta es por qué? Por qué ponerse del lado de los últimos? Por qué tomar partido por los nadies?

De esa pregunta se ocupa el artículo con el que di por casualidad: un ensayo de Jung Mo Sung, un teólogo laico
católico brasileño, sobre “el Mesías derrotado”. Sung dice que la muerte de Jesús en la cruz significa que “o su Dios no era tan poderoso como el Dios de los romanos o él fue enviado sin el poder” necesario para llevar a cabo la misión del Mesías: “liberar a los pobres y a los cautivos e instaurar el Reinado de Dios”.

Esta falta de poder descalifica a Jesús como mesías a los ojos de muchos, dice Sung. Pero, los cristianos encuentran en los testimonios de la resurrección la revelación de que Jesús era el esperado enviado (Mesías) de Dios. “Su resurrección nos revela que Dios estaba con él, aunque haya sido derrotado y crucificado, y nos muestra que Dios no está con los poderosos y victoriosos —como repiten las ideologías dominantes, religiosas o no, de todas las épocas— sino con las personas que luchan para defender la vida y la dignidad de las víctimas y de las personas oprimidas.”

Pero ese tomar partido de Dios por los que están a favor de los oprimidos no garantiza nada. “La fe en la resurrección de Jesús, el derrotado-crucificado”, dice Sung, “es también una revolución en nuestra manera de concebir a Dios, su pueblo y la propia historia humana. La victoria y el poder no son sinónimos de la justicia, así como que las causas justas no tienen la victoria asegurada por Dios.” No al menos, parece, en esta vida.

Pero si la identidad entre la causa justa y la victoria es apenas una “ilusión”, por qué calentarse? Muchas personas, dice Sung, “continúan perseverando en la lucha, a pesar de dificultades y decepciones, porque se sienten impelidas [a hacerlo]. No por la certeza de la victoria, sino por la experiencia de haber encontrado, en algún momento de su vida, a Jesús Resucitado en el encuentro con el ‘pobre’, por la convicción de que es una lucha que vale la pena, independiente de la victoria o derrota”.

Sung llama a esta convicción que impele a algunos a perseverar, una “experiencia espiritual”. Que, reconoce, es “medio extraña”.

Bueno, si llegaste hasta acá te digo dos cosas: Una, que no pretendo pontificar sobre un tema que me excede, sino apenas compartir algunos elementos que me parecieron interesantes de mis más bien anárquicas lecturas de semana santa. Dos, feliz Pascua-Pésaj (marcar con un círculo lo que corresponda).

El ícono ortodoxo de las mujeres que descubren la tumba vacía lo tomé en préstamo de acá.

2 Comentarios

  1. Gioconda says:
    lunes, abril 09, 2007

    Hola! Muy bueno tu blog!
    Llegué aca navegando sin rumbo y la verdad que me gusta como escribis.

    Saludos!

  2. SpinDoctor says:
    lunes, abril 09, 2007

    Hola, Natalia, bienvenida. Nos conocemos de la tertulia comentadora de la señorita cosmo, no? ;-)