Fidelidad y obediencia

02 mayo 2007 | Publicado en | 8 comentarios

En el día de hoy, en una breve y por momentos cómicamente absurda ceremonia, he añadido una fidelidad más a la lista de mis fidelidades, que no son muchas pero son profundas.

Las fidelidades con las que estaba conscientemente comprometido hasta el día de ayer eran:

* la fidelidad conyugal, para con mi esposa;

* la paternal, para con mi hija;

* la ética, para con un conjunto más o menos definido de principios morales: no causar daño al prójimo a sabiendas; no creerle al gobierno ni, en general, al poder; no robar; dar una mano al que la necesita en la medida de mis posibilidades; no votar a la derecha ni, muchísimo menos, al centro-derecha; apagar la luz al salir de una habitación; no coimear; no escuchar, JAMAS, a Julio Iglesias; y un largo etcétera que magnánimamente voy a ahorrarte; y, por último,

* la fidelidad intelectual, para con una serie de medidas profilácticas básicamente sencillas: no creerle, NUNCA, a The Economist ni a los editoriales de La Nación; rechazar la ideología que sostiene que la injusticia es buena, o natural, o al menos inevitable —me doy cuenta de que este punto y el anterior son prácticamente idénticos—; escupir la pantalla de la TV cada vez que aparecen en ella Neustadt & Grondona o sus sucedáneos de turno —perdón, me sigo repitiendo—; desconfiar de cualquiera y de todos aquellos que pretenden saberlo todo y/o tener siempre la razón y/o ser depositarios de conocimientos exclusivos en virtud de revelaciones divinas, leyes naturales, causas superiores y trascendencias varias.

Pero hoy, como dije al comienzo, sumé a esta breve lista de fidelidades una nueva: la fidelidad al rey de España. Y junto con ella, también prometí obediencia a la Constitución y a las leyes españolas.

Sucede que decidí optar por la nacionalidad española, algo a lo que tengo derecho de acuerdo a la ley española y que no implica renunciar a la nacionalidad argentina —qué idea ridícula la de que uno pudiera dejar, bajo alguna imaginable circunstancia, de ser argento, no?

Así que munido
—no es maravilloso estar munido de algo? de los documentos pertinentes, me presenté al consulado español en Ginebra para hacer efectiva la pertinente opción. Esto se hace labrando un acta que tiene que ser firmada en presencia del señor cónsul general, quien a su vez también debe firmarla. Nada, un simple trámite burocrático, no? Bueno, no exactamente...

El señor cónsul es más bien voluminoso y recibe sentado en un Gran Sillón detrás de un Imponente Escritorio de Madera Laqueada. Procede con la velocidad del gesto repetido hasta el cansancio. Me llama por mis nombres y apellido. Me recita las cláusulas operativas del documento que estoy a punto de firmar con un tono si-es-no-es de pregunta pero no se detiene realmente a escuchar mi respuesta, que obviamente es en todos los casos.

Hasta que llega a la cláusula por la cual prometo la arriba mencionada fidelidad al rey. Ahí, sí, espera a que le responda.

—Sí —digo sin titubear, gracias a que el empleado que me había atendido previamente me había advertido que ése y el siguiente eran los puntos claves.

—Muy bien —dice el cónsul—, y también promete obediencia a la Constitución española, me imagino?

—Sí —respondo, total, qué es una Constitución más o menos después de haber introducido un rey en mi vida.

—Y la ha leído? —pregunta, y me da la impresión de que lo hace arteramente, pero seguramente me equivoco.

—No —contesto la verdad; el empleado ya me había advertido que me iba a hacer esta pregunta.

—Ajá! —exclama triunfalmente— Y cómo va a jurar fidelidad a una Constitución que no ha leído? Su actitud, siendo como es una persona evidentemente educada, me deja atónito, con acento en la o...

Sí, dice literalmente “con acento en la o”, como si sospechara en su interlocutor cierta dificultad con la acentuación de las palabras esdrújulas. Y esto a pesar de haber reconocido mi evidente educación, cosa que atribuyo al hecho de que me había puesto una discreta corbata azul para la ocasión.

—Bueno —argumento—, no sabía que debía leerla...

—Claaaaaro —dice el señor cónsul, y alzando el brazo derecho apunta con el dedo índice al empleado que me había atendido antes y que estaba de pie al lado del escritorio—, y con este dedo acusador —dice, sí, literalmente, “con este dedo acusador”, y al decirlo lo agita en el aire, siempre apuntando al empleado— señalo al responsable. Porque si no anduviéramos siempre con tantas prisas en este registro civil...

A continuación, el señor cónsul tiene a bien regañar a su empleado ante un tercero ajeno al registro civil, tal vez para mostrarle al candidato a connacional cómo se las gastan en la administración pública española. Luego vuelve a fijar su consular atención en mí.

—Bueno, no sé, tal vez prefiera volver en otro momento...

—Mire —le digo—, yo no sabía que debía leer la Constitución española, si no lo hubiese hecho, pero no creo que haya ningún problema; es la Constitución de un país democrático que pertenece a la Unión Europea...

—Ah, yo no juraría la Constitución de Holanda...

—Pero... —trato inútilmente de responder.

—... y mire lo que le digo, yo he vivido en Argentina, y no juraría tampoco la Constitución argentina...

—Pero... —intento decirle que la Constitución argentina no tiene ningún problema, salvo que los gobiernos no la respetan, pero es en vano tratar de interrumpir su tirada.

Cuando el señor cónsul finalmente hace una pausa para respirar, aprovecho:

—Disculpemé —le digo, con acento en la última e, aunque prudentemente omito llamarle la atención sobre este flagrante uso irregular de la lengua cervantina—, usted tiene alguna objeción a que yo firme ahora el acta y lea la Constitución esta tarde?

—Pero cómo la va a leer si ni siquiera la tiene?

—Bueno, no creo que me lleve más de cinco minutos encontrarla en internet —le respondo, mirando una pantalla plana que adorna un extremo del escritorio.

—Ah, claro. Bueno, usted me da su palabra de caballero... argentino de que va a leer la Constitución esta tarde?

Detecto un atisbo de sorna en su manera de acentuar el adjetivo argentino, así que le respondo:

—De caballero argentino y medio español también...

Pero otra vez es en vano tratar de interrumpirlo; no me escucha.

—Si usted insiste en firmar
, con lo cual demuestra una notable laxitud en materia de juramentos... —dice, y me alarga por sobre El Escritorio el acta en dos copias así como una vulgar birome, ni siquiera una Parker.

Tomo los papeles y la birome antes de que se arrepienta y, mientras firmo, vuelve a la carga:

—Porque este acto tiene consecuencias fiscales; el día de mañana el fisco español le puede dar una sorpresa.

—Me parece muy bien, no hay problema —le respondo y siento que puedo palpar casi físicamente los límites de mi paciencia.

—Bueno, muy bien —parece que por fin se da por vencido—, llévese esta copia del acta para saber las obligaciones que ha contraído.

Le agradezco —no sé muy bien qué, pero lo hago, tal vez para consolidar mi reputación de persona educada—, nos saludamos y salgo de la oficina.

Cuando vuelvo para finiquitar unos detalles a la oficina donde había empezado, le pido disculpas al empleado por haber sido la causa de la bronca de su jefe.

—No hay problema —dice.

—Es siempre así, o sólo con los argentinos? —le pregunto.

—No, no, esto es normal; le gusta ajustarles las tuercas a los solicitantes. Y diga que usted habla español, que si no...

Cuando volvía del consulado a mi oficina una serie de preguntas identitarias se despertaron en mi ser argento y, a esa altura, cuasi español.

Prometer obediencia a la Constitución y a las leyes de un país cuya nacionalidad uno adopta voluntariamente me parece de lo más razonable, incluso obvio. Lo mínimo que se espera de los nacionales de un país es que respeten su orden jurídico, que es la base de la convivencia civilizada y, con suerte, fundamento del bien común. Ningún problema con eso. Aunque sí, voy a leer la Constitución española, aunque más no sea por curiosidad (ya la descargué a la laptop en formato txt).

Pero confieso que la cuestión del rey es otra cosa. Ni se me había pasado por la cabeza que el rey de España fuera a meter su borbónica nariz en mi vida. Y me acosan las preguntas: En qué consiste, exactamente, la flamante fidelidad que he
prometido a Su Majestad? Debo acaso considerarme un súbdito? Se extiende mi fidelidad a los príncipes de Asturias? Y a las infantas Leonor y Sofía? Debo ser fiel a las corridas de toros? Debo dejar de usar la palabra “joder”? Qué haré de ahora en más los 9 de Julio, día en que los argentos conmemoramos la declaración de la independiencia, entre otras cosas, del rey de España?

Muchas preguntas. Me parece que, bromas aparte, voy a tener que leer no sólo la Constitución, sino también un poco más de historia de la Madre Patria.

8 Comentarios

  1. Luciano says:
    jueves, mayo 03, 2007

    Entiendo que tenes que hacerlo. Han pasado muchos años y medito sobre la cantidad de sanrge derramada para dejar de ser subditos del Rey de España... note quiero amargar la velada, solo reflexionar sobre lo principal... para que cornos tienen rey en España???
    Me encanto tu relato por momentos kafkianos.
    Caballero argentino, te voy a dar a vos!
    Un saludo y mas alla de todo lo obvio, felicitaciones por la adopcion de ciudadania, que todo te sea mas llano ahora.

  2. mardevientos says:
    jueves, mayo 03, 2007

    me hiciste reir...
    y hasta aplaudirte..
    Persevera y triunfaras! Que porque volver otroa dia para hacer todos esos juramentos de nuevo.
    Que seguro el señor consul no podía ni siquiera decirte de memoria el primer articulo de la cosntitucion española.
    Que a vos te alcanza con saber "Nos los representantes del pueblo de la Nacion Argentina, reunidos en .."

    SAUDADEEE escolastica me provocaste!

  3. SpinDoctor says:
    jueves, mayo 03, 2007

    Luciano, no amargas la velada, de hecho coincido con vos y por eso algunas de las preguntas. Claro que las cosas ya no son lo que eran en 1816... no, no? Pero sean como fueren, y mas alla de las obvias ventajas practicas, hay tambien algo que de alguna manera opaca para mi se relaciona con la cuestion de las raices y los ancestros; no se, como otras veces, en circunstancias como esta echo de menos a mi psicologa :-) No se que funcion cumple el rey, francamente; tratare de averiguar, ahora que le debo fidelidad, despues de haber empeñado mi palabra de caballero argento. Habrase visto, che!

    Marcela, no me atrevi a desafiar al señor consul, porque era capaz de saberse la Constitucion de memoria. Y la verdad que me fui contento de que no me pidio que leyera el codigo civil español y el penal, porque tambien prometi respetar las leyes españolas... :-) Por otro lado, el señor consul hacia gala de un gran histrionismo y me quedo la sospecha de que el numerito lo tenia super ensayado.

  4. Andrés MR. says:
    sábado, mayo 05, 2007

    :) Muy divertido el relato, Como siempre. Creo que deberías ya protagonizar una tira cómica con tus anécdotas!

  5. CB says:
    domingo, mayo 06, 2007

    Salud! Ahora su blog se llamará porteñosmitadesespañoles en ginebra?
    Leyó la constitución? En serio?
    A ver en voz alta,clara y argentina...

  6. SpinDoctor says:
    lunes, mayo 07, 2007

    ANDRES, usted siempre tan generoso... pero no creo que encuentre un dibujante que se interese, no? :-)

    CRISTINA, lo del nombre del blog fue maldad, sabias no? La constitucion la leo en el momento menos pensado; en serio, me interesa.

  7. Monty Montbrulant says:
    domingo, marzo 23, 2008

    Muy divertido relato y muy revelador de la pervivencia de modos de otra época en la Administración española...

  8. amelche says:
    lunes, julio 07, 2008

    Pero, ¿algún español ha leído la Constitución española? (Aparte de los que se presentan a oposiciones y, por lo tanto, se la estudian de memoria.) Yo no, y me consta que el 99'99% de mis compatriotas españoles tampoco. Eso se contesta que sí, que te la has leído. No creo que el cónsul te la vaya a preguntar... :-D