Un argentinosaurio en Alsacia

24 agosto 2007 | Publicado en | 1 comentarios

Nos hicimos una escapada de dos días a Alsacia, esa delgada franja al oeste del Rin que a lo largo de la historia ha cambiado de manos varias veces. Lo que explica que, siendo Francia, los nombres de los pueblos y de las familias sean casi todos alemanes. Paramos en un hotelito en un pequeño pueblo llamado Blienschwiller. El pueblito, de 300 habitantes, es parte de lo que se conoce como la ruta alsaciana del vino, una delgadísima área de viñedos que, recostada contra los Vosgos, se extiende paralela al Rin por unos 100 kilómetros. Estábamos preparados para ver villorrios idílicos, viñedos, pequeñas bodegas familiares, rutas serpenteando entre bosques y montañas; pero lo que no nos esperábamos era encontrarnos con un testimonio tridimensional de que una vez, allá lejos en el tiempo, los argentinos tuvimos al animalito más grande del mundo paseando por el patio de casa.

El primer día visitamos la Montaña de los Monos, que no es un zoológico sino una especie de parque y criadero protegido de macacos de Berbería. Estos bichos se encuentran en los montes Atlas (Marruecos y Algeria), donde están amenazados de extinción. Acostumbrados a fríos inviernos, unos 280 monos viven y se reproducen perfectamente en las montañas alsacianas. Unos 600 monos criados aquí han sido liberados en Marruecos desde su creación en 1969. Los visitantes pueden ofrecerles pochoclo, pero exclusivamente el provisto por el establecimiento. Amparo, excitadísima desde el día anterior con la perspectiva de visitar monos en libertad, se divirtió mucho dándoles de comer... a los que se dignaban prestar atención a su pochoclo.

Así se lo contó en un correo electrónico a los abuelos:


Éste me puso las cejas elevadas con grandes ojos y me puso la boca bien redonda y me dijo "O!" Eso significa me tenía que alejar porque me acerqué mucho. Y corrí hasta mi papá.


Éste que ves ahí mirándome, era el más perezoso de todos los monos que vi. Le tenía que acercar la mano para que tome el pop-corn. Después que tomó el pop-corn se fue a agarrar una manzana y se puso a comerla; era como si yo era la esclava.


Éste no me daba bolilla. Y miraba para otro lado en vez de tomar el pop-corn.


Ese monito que ven ahí, el bebé ese sobre la mamá, se puso para la foto y fue hasta un árbol, y montó sobre el árbol, vio a la mamá, saltó, y justo la mama estaba ahí, y yo creí que el papá decía "este mono es terrible".


Éste que está sobre el cartel era un nene mono, era muy torpe, casi se caía de ese cartel, después lo miré así en la cara y después saltó hasta la barrera. Había otro, que no hay la foto, que se quería rascar la espalda y casi se caía de un tronco. Después de hacer todo eso se agarraba de una rama y pasaba la cabeza dentro de un círculo que había y hacía uuuuu aaa uuuuu aaa y pasó la pirueta y se quedó agarrado de las dos manos del tronco.

También visitamos, ese primer día, el castillo de Haut Koenigsbourg. Construido en el siglo XII sobre una roca a 700 metros de altura, domina la planicie alsaciana. Hecho mierda en la Guerra de los Treinta Años, lo hizo reconstruir el "Káiser" Federico Guillermo II a comienzos del siglo XX con la intención reafirmar la germanidad de la Alsacia recuperada para Alemania. No se proponía habitarlo, claro, sino convertirlo en un museo de la Edad Media. Que es lo que es ahora, un museo... sólo que francés.

El día siguiente planeábamos visitar un laberinto que prometía emocionantes encuentros con dragones, pero la lluvia inmisericorde lo impidió (el laberinto era al aire libre). Así que, medio desesperados, dimos con el Bioscope: un parque de entretenimientos educativos sobre temas medioambientales.

Aunque necesitaría un poco más de mantenimiento (aquí y allá había cosillas que no funcionaban), en términos generales está muy bien. En particular, la exposición sobre dinosaurios es excelente. Así como el Teatro de los Cuatro Elementos.

Pero la sorpresa la tuvimos en el cine. Fuimos a ver una película en 3D sobre dinosaurios, y nos encontramos con un muy buen documental sobre dinosaurios... patagónicos! Estrella de la cinta era —aparte de los pterodáctilos que amenazan con casi despeinarte el jopo al "salir" volando de la pantalla— el paleontólogo argentino Rodolfo Coria, director del Museo Carmen Funes, de Plaza Huincul. Con un francés con fuerte acento latino —ya fuera el suyo propio o el de un locutor doblándolo— Coria relata el descubrimiento, precisamente en la Patagonia, claro, del dinosaurio más grande que haya existido. De hecho parece —si entendí bien, pero puedo haber entendido mal— que con sus cerca de 40 metros de longitud y casi 100 toneladas de peso, se habría tratado del animal más grande que haya pisado la Tierra —y rivalizaría por el cetro del más grandote con la ballena azul.

Cuando este último punto le ha quedado claro al espectador, Coria dice: "Decidimos llamarlo Argentinosaurio." Confieso que no pude contener la carcajada. Nadie más se rió, claro, en un público incapaz de captar la sutil ironía de semejante bautismo.

Cuando salimos del cine, rumbo al laberinto de los desechos —sí, Amparo tuvo su laberinto al fin y al cabo— pensaba que qué bueno que, en medio de la campiña alsaciana, una de las atracciones de un excelente parque dedicado a la educación medioambiental fuera un documental sobre un simpático bichito argentino... y sobre el trabajo científico de argentinos.

Aguante Coria y la paleontología argenta!




1 Responses to “Un argentinosaurio en Alsacia”

  1. Anónimo
    miércoles, diciembre 17, 2008

    Soy cordobesa y vivo en estrasburgo. Un saludo