Mi vecino el serial killer

11 octubre 2007 | Publicado en | 3 comentarios

Nuestro vecino de abajo es un asesino serial. No, no la gordita drogata; ésa es inofensiva, no hace otra cosa que pasear a la perra y fumar sustancias que le dilatan las pupilas. Me refiero al otro, el flaquito del departamento de al lado, el que escucha música tecno todo el día.

En serio, to-do-el-dí-a. En la parte de nuestro departamento que está justo sobre el de él, la vibración —no me atrevo a llamarla “sonido”— sube por las paredes y atraviesa el delgado tabique que hace las veces de cielorraso para él y piso para nosotros: TUNGU-TUNGU-TUNGU ... TUNGU-TUNGU-TUNGU ... TUNGU-TUNGU ... TUNGU-TUNGU-TUNGU ... Y así ad aeternum.


Está claro que eso no es música. No puede serlo. Sólo puede tratarse de una cadencia maníaca destinada a anular toda sensibilidad, embrutecer cualquier brizna de inteligencia y, en definitiva, generar la suficiente náusea vital como para que el asesinato en serie se convierta en una sencilla rutina, como leer el diario o lavarse los dientes.

Qué cómo sé que es un asesino serial? Muy fácil: cualquiera que escuche eso no simplemente de manera ocasional un sábado en una disco, sino en su casa todos los días todo el día, o bien es un asesino serial o bien devendrá uno a corto plazo. Nuestro vecino lleva suficiente tiempo de TUNGU-TUNGU-TUNGU como para haber alcanzado el estadio de serial killer hace rato.

Además está la cuestión de las ventanas. No las abre nunca, o casi. Son dos apenas, una en el único ambiente del departamento y la otra en la cocina. Están siempre cerradas. Tiene algo que ocultar, obvio. Una persona que viera accidentalmente el interior representaría su fin. Para protegerse, vive encerrado en la oscuridad de su minúscula cueva, como un vampiro.

Nunca lo he visto arrastrar al interior de su madriguera a sus desafortunadas víctimas. Pero sé, más o menos, cuándo lo hace. A veces, el TUNGU-TUNGU-TUNGU para por unas horas. Es cuando sale de cacería. Después, de alguna manera se las arregla para ingresar a sus presas sin llamar la atención. No me extrañaría que hubiera abierto un túnel desde su cubículo en el sótano —todos los departamentos tienen uno— directamente hasta su guarida.

Después, con una nueva víctima en sus garras, el horror, ineluctable, recomienza: TUNGU-TUNGU-TUNGU ... TUNGU-TUNGU ... TUNGU-TUNGU-TUNGU.

A mi esposa la enerva, sencillamente la saca de sus casillas. Ella dice que su enojo está motivado por el ruido, porque el tipo no tiene derecho a joder de esa manera a los vecinos. Pero yo sospecho que ella intuye más de lo que se atreve a reconocer. A mí el TUNGU-TUNGU-TUNGU que recomienza luego de una cacería me produce una especie de asfixia opresiva. Yo que, entre otras cosas, está destinado a tapar otros ruidos: el sordo chasquido de los huesos al partirse, el rumor de los tendones al desgarrarse, los gorgoteos de la sangre obligada a salir de su curso normal.

El tipo no llama la atención porque en términos generales no da el perfil del asesino serial típico. No es una mole de fuerza bruta y mirada torva, sino un flaquito medio desnutrido y aspecto distraído; y no anda por la vida cargando tres, cuatro décadas rebosantes de frustraciones acumuladas y pintadas en la cara, apenas debe de tener veintipico. Pero a mí no me engaña. No es distraído, es avieso. No está desnutrido, se alimenta frugalmente porque es muy exigente en materia de dieta: sólo hígados, riñones, corazón, esas cosas. No es un jovencito tímido e inexperto, se trata de una pose para atraer a sus desprevenidas víctimas.

Tampoco lo hemos visto nunca deshacerse de lo que de ellas queda luego de que su saña ha completado su macabra faena. Fácil: debe de quedar tan poco que entre el desagüe de la cocina y la bolsa de residuos alcanza y sobra. Además, sabe ser discreto. Con ese aire de pusilánime acomplejado estoy seguro de que sería capaz de pasar por la puerta de entrada del edificio llevando bajo el brazo un fémur humano envuelto en papel de diario sin que el encargado notara nada raro. Que, para notar algo raro, el encargado debería primero estar en la puerta, lo que ya sería en sí mismo un hecho extraordinario. Como además él —el encargado— vive en el cuarto piso, hace como que no se da por enterado del TUNGU-TUNGU-TUNGU. Pero a mí él —el encargado— tampoco me engaña: no quiere darse por enterado. Él y los demás vecinos tienen que saber, pero prefieren especular con la falsa seguridad que les da suponer que un asesino serial no atacaría en su propio vecindario.

Yo no estoy tan seguro. Mucho me temo que tendré que ser yo quien haga algo al respecto.

Poner mi música a mayor volumen que la de él es simplemente imposible. Golpear nuestro piso —que es su techo— en señal de protesta es algo que ya he intentado sin ningún éxito; cuando el
TUNGU-TUNGU-TUNGU está en marcha, el muy cretino no notaría ni una manada de orangutanes anfetaminados bailando polkas ucranianas sobre su cabeza.

Denunciarlo a la policía sería en vano. Para empezar, mi francés no es suficientemente bueno para que los canas suizos me den bola. Además, soy extranjero, así que en el mejor de los casos yo sería el sospechoso, y no me puedo permitir correr ese riesgo. Por último, es sabido que la policía suiza es muy respetuosa de la esfera privada —hace poco, en un caso ocurrido cerca de Basilea, les llevó dieciocho meses decidirse a entrar en el departamento de un jubilado que se había muerto adentro. Estoy seguro de que ese “respeto” por la privacidad incluye a los asesinos seriales. Aparte, en tanto que policías suizos, acostumbrados a lidiar con una población cuyo delito más grave suele ser saltarse un semáforo en rojo, no creo que dispongan de recursos criminológicos suficientes como para calibrar el sutil entramado de evidencias que a mí me ha permitido descubrir lo que se esconde detrás del ominoso TUNGU-TUNGU-TUNGU.

Por eso, después de reflexionarlo a fondo y muy detenidamente, me vi obligado a tomar una decisión. Drástica, es verdad, pero proporcionada a la gravedad de la situación.

Lo bueno de las decisiones que se toman luego de cuidadosa valoración de los hechos es que, una vez consolidadas, llevarlas a la práctica es bastante sencillo. No hay dudas, titubeos ni hesitaciones. Apenas un llano y simple obrar que encadena acciones unas a otras con la elegante sencillez con que un artesano experimentado enhebra las cuentas de un collar.

Fue sorprendentemente fácil hacerme de las herramientas necesarias. Los suizos aman el bricolage, así que conseguí todo lo necesario en un supermercado. Una sierra, un hacha, un vulgar cuchillo de cocina, bolsas plásticas grandes y gruesas, un changuito de hacer las compras, productos de limpieza varios, un traje de apicultor, guantes y botas de goma, y un casco de motociclista.

Es el traje de apicultor, el casco y los guantes lo primero que ve mi vecino cuando me abre la puerta. La sorpresa se refleja en sus ojos antes de transformarse en miedo cuando ve el cuchillo de cocina que llevo discretamente en la mano derecha. Ahora lo suyo ya es pánico. Abre la boca en una mueca desagradable mientras trata, demasiado tarde, de cerrar la puerta. No entiendo la mueca, es que acaso grita? No sé, no logro oírlo. Lo único que oigo es TUNGU-TUNGU-TUNGU.


[La imagen reproduce una obra de Luke Chueh: “Black in White and Red all over”; acrílico y tinta, 20x25 cm.]

3 Comentarios

  1. Adrian Kosmaczewski says:
    jueves, octubre 11, 2007

    Tendrias que escribir un libro... IDOLOOOOOO :))

  2. Laura Berra says:
    jueves, octubre 11, 2007

    Excelente!!!!!!!!
    Realmente me encantó este relato.
    Off topic: Quise enviarte un comentario felicitándote por el test y los 100 posts pero alguna mano negra me escondió el fifidubio donde insertarlo.
    Saludos, y seguí escribiendo!!!!

  3. Faby says:
    jueves, octubre 11, 2007

    Muuuy bueno!!! q hiciste con las pruebas? he he he? ;)
    y ahora q se puede comentar: FELICITACIONES x lo del Toefl!!
    besotes :)