Bicicletas

05 mayo 2008 | Publicado en | 3 comentarios

Mi primera bici fue una roja, rodado 28. Me la regaló mi papá cuando tendría, no sé, diez años? En aquella época no se conocían los cascos de ciclista ni ninguna de esas mariconadas modernas. Tampoco había mucho dónde andar, porque el territorio permitido se limitaba a un par de manzanas alrededor de la cuadra donde vivíamos. Tal vez por eso, una de las diversiones más populares era andar —y sobre todo frenar— sobre el verdín que crecía bajo el agua que corría junto al cordón de la vereda.

Mi papá había hecho bastante énfasis en lo importante que era el hecho de que la bici fuera “rodado 28”. No sé por qué, la verdad. Pero desde esa primera bici —rodado 28— nunca logré mirar sin cierto desprecio cualquier bicicleta que no llegara a ese alto estándard —que viene a ser, claro está, la mayoría de las bicicletas que andan por este mundo.

Mi segunda bicicleta está separada de la primera por unos cuantos años. No sé, en realidad, qué pasó con la primera. Pero la segunda era una “de carerra”, verde oscura, rodado 28 —por supuesto!— y con unos frenos muy especiales. Sé que eran muy especiales porque, mucho más tarde, cuando la bici se oxidaba en el balcón de mi departamento en Núñez, fue lo único de la bici que le interesó a mi amigo Felipe, que debe de tenerlos hasta hoy.

Lo que la bici no tenía era cambios. Ni hacían mucha falta, claro, en una ciudad básicamente plana como Buenos Aires. Y yo tenía piernas suficientes para ir del centro a Flores y de Flores a Palermo como si fuera ir al kiosco de la esquina a comprar Mantecol. En aquella época los cascos de ciclista ya se conocían, pero para qué necesitaría uno alguien quien como yo pedaleaba por la doble línea central de la Avenida Cabildo a la hora pico como si fuera lo más normal del mundo.

De una manera u otra logré sobreponerme a mis tendencias suicidas y la bici, más tarde o más temprano pasó a oxidarse en el balcón. De modo que a mi tercera bici la separan de la segunda ya no sólo una punta de años, sino 12 mil kilómetros. La compré de segunda mano a los pocos meses de haber llegado a Calvin city. Quería ir a trabajar en bici, First World style. Y de hecho lo hice durante... una semana.

Durante esa semana descubrí dos cosas. Una, Ginebra no es plana como Buenos Aires. Dos, mis rodillas tienen mi misma edad. Y así fue como mi experimento ciclístico terminó más bien abruptamente.

De eso pasaron cinco años. Hasta que la semana pasada mi cuarta bicicleta entró en mi balcón y en mi vida. La compré porque estaba muy barata —la versión “para damas”, la versión “para caballeros” costaba casi el doble, así que obviamente compré la primera. Y sobre todo porque no hay manera de que logre obligarme a ir al gimnasio. Así que decidí canalizar la necesidad de ejercicio conjugándola con las ventajas ideológicas de un medio de transporte menos contaminante. Hay un intrínseco sinsentido en mover una tonelada y media de auto para desplazar mis 90 kilos de casa al trabajo y vuelta. Estuve probando el bus, pero la bici es mejor y viene con la yapa del ejercicio. Y, dado el costo, no arriesgaba mucho, así que me animé a hacer —otra vez— el experimento.

Como es obvio, mis rodillas no han rejuvenecido en estos cinco años, y Calvin city sigue llena de suaves y no tan suaves ondulaciones. Pero lo estoy intentando. Un truco que puse en práctica es hacer la cuesta más empinada
caminando —y empujando la bici a mi costado. Vos reíte; para mí vale todo lo que me permita lograr el objetivo de ir y volver al trabajo en bici. Para que te des una idea de qué pendiente se trata, los siete kilómetros de ida los hago en 35 minutos; los siete de vuelta, en 25.

Por ahora, me pasan todos, absolutamente todos los seres capaces de pedalear: más jóvenes que yo, obvio; de mi misma edad, también; y mayores que yo... oprobio supremo. Pero me lo tomo con filosofía. Y con madurez. No sólo uso casco, sino también un chaleco verde flúo. Quién me ha visto y quién me ve.

Lo más importante, sin embargo, no son los detalles exteriores y contingentes. Sino la íntima y más profunda, auténtica, verdadera parte de mí mismo que este cotidiano ejercicio revela. Lo que no puedo evitar es que mis compañeros de laburo me miren con sorpresa e incredulidad si no logro cambiarme rápido cuando llego a la oficina...
Ah, la bici es roja, y rodado 28.

[La excelente foto del comienzo del post viene de acá, pero me parece que ya ahí había sido afanada.]

3 Comentarios

  1. Luciano says:
    viernes, mayo 16, 2008

    Si, rodado 28 tiene que ser, lo demás no existe. Es como los pantalones largos de la bicicleta.
    Suerte con tu nuevo movil 1.

  2. Adrian Kosmaczewski says:
    jueves, mayo 22, 2008

    Fiera! Despues de la bici comete un Mantecol! No, no es mentira, mira esto!!!! http://kosmaczewski.net/2008/05/22/felicidades-de-inmigrante/ :))

  3. CARINA says:
    viernes, mayo 23, 2008

    mi primera bici me la regalo mi abuelo a los 7 años,la tuve hasta los 12 y jamas aprendi a andar.
    Asi que hoy al igual que vos estoy haciendo bicicleta y cinta una hora al dia en el gym.. y mis rodillas no tienen mis 38 años ,creo que tienen un par mas..
    besos