El sapo

10 septiembre 2009 | Publicado en | 2 comentarios

AHORA SÉ que alquilar una habitación en esta pensión de mala muerte fue una pésima idea. No me di cuenta al principio, cuando la dueña me sonreía, haciéndose la simpática, prometiéndome arreglar el ventilador de techo, comprar café decente para el desayuno y cambiar el vidrio roto en la ventana. Pero no me quedó más remedio que reconocerlo cuando el sapo apareció justo en el cuarto enfrente del mío, al otro lado del pasillo.

Al comienzo pensé que era inofensivo. En este clima húmedo y caluroso un inocente sapo no es nada extraordinario. Es cierto que desde el vamos me pareció feo, pero qué otra cosa se puede esperar de un sapo? Había en él, además, un cierto aire de superioridad que ya desde el comienzo me llamó la atención.

—No pienso pasar mis mejores años en el pantano —dijo una mañana en que coincidimos en la mesa del desayuno.

Era obvio que venía onda yo no soy un sapo del montón, yo soy el rey de los sapos. Pero bueno, aparte de eso, el bicho iba y venía sin molestar a nadie, así que tampoco era para darle demasiada bolilla.

La verdadera personalidad del animalejo la descubrí una tarde cuando estábamos en mi habitación tomando mate con mi amigo Manuel. Iba al baño a cargar agua en la pava cuando me lo encontré en el pasillo. Estaba justo en el medio, entre una cómoda y una silla, su cuerpo gordo y rugoso bloqueándome el paso. Me paré frente a él, esperando que se hiciera a un lado. No se movió. Tuve que pasar poniéndome de costado, apretando la espalda contra la pared.

Lo que más me impresionó en el incidente fue la mirada del sapo. Estarás preguntándote: Es que tiene expresión la mirada de un sapo? La de éste sí la tenía. El sapo me miraba con soberbia, lleno de arrogancia. El pasillo es mío, decía la mirada del sapo, y la habitación enfrente de la tuya, y la tuya. Todo es mío, decía. Vos sos un intruso en mi territorio, decía.

Ya mencioné que el sapo era feo? Me quedé corto. Horrendo era. Ojos chiquitos de mirada aviesa. Labios que casi no se ven de tan finos, y siempre apretados, como para no dejar escapar el desprecio del que está repleto y que lo engorda hasta la deformidad. Pero también era feo por adentro. Feo de alma. Egoísta, arrogante y soberbio. Un horror de sapo, bah. Ningún beso lo convertiría en príncipe, te aseguro.

Lo que complicó las cosas fue que la dueña de la pensión le tomó cariño al bicho. No sólo lo toleraba, sino que lo consentía. De nada servían las quejas de los huéspedes.

—Un sapo es un animal muy útil —decía la dueña—, se come las moscas, y aparte todo el mundo sabe que trae suerte.

Y así, la dueña estaba todo el día sapito de acá, sapito de allá. Parecía la mamá del sapo la dueña. Para mí, en algún lugar de su recóndita almita abrigaba la esperanza de un beso mágico que haría del sapo un príncipe azul y de ella una princesa de ensueño. Tal vez no se animaba a pasar al acto, pero ganas no le faltaban.

Obvio que el sapo, seguro del poder que ejercía sobre la vieja obnubilada, se aprovechaba. Dormía hasta tarde y, cuando se levantaba, la dueña le servía el desayuno en la cama. Al comienzo eran moscas y otros insectos que cazaba para él en el jardín, pero con el tiempo empezó a llevarle tostadas y café —preparado con café del bueno, el que jamás nos daba a los demás huéspedes.

Y, un día sí y el otro también, el sapo empezó a regalarse con porciones especiales de platos que los demás huéspedes sólo veíamos de lejos. Saciado y cada vez más gordo, el bicho después dormía la siesta. Y a la noche se quedaba croando hasta muy tarde, cosa de joderme cuando yo trataba de descansar.

Huelga decir que a esta altura las promesas de la dueña se han derretido como manteca al sol.

—No te preocupes que la semana que viene te hago arreglar el ventilador de techo —me dijo por enésima vez esta tarde, con una sonrisa que cada día se parece más a la máscara vacía de una impostora.

Pero la sonrisa que verdaderamente me jode es la del sapo. Porque no sé si dije que este sapo sonríe. Es decir, hace una mueca socarrona con los labios siempre apretados. Una fina línea de baba curvada por el desprecio.

Yo sé —siempre lo supe, me digo mientras escribo esto en mi cuaderno en medio de la noche a la luz de una linterna— que el sapo, en el fondo, no tiene la menor importancia. Es apenas un ejemplar de una especie que cuenta con millones como él. Es lo que el sapo me hace a mí lo que importa. Son los pensamientos parásitos que me genera —y que me consumen la energía que debería poner en otra cosa— los que cuentan.

Es como si, al permitirle en cierto modo entrar en mi cabeza, las toxinas que lleva en su piel terminaran por contaminar mis pensamientos, que se vuelven ellos también tóxicos. No se trata entonces de lo que el sapo haga o deje de hacer, ni tampoco de lo que la dueña de esta pocilga haga con él. Se trata de no dejarlos que me coman el coco.

Obvio, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Pero estoy tratando. Tal vez me cambie de habitación, porque por ahora no me da para mudarme a otra pensión —ya averigüé, pero los precios están fuera de mi presupuesto. Mientras tanto ensayo ignorarlo, hacer oídos sordos a su croar, inmunizarme contra su presencia repulsiva. Y, sobre todo, pensar en otra cosa.

Al fin y al cabo, es apenas un sapo.

[La imagen viene de acá]

2 Comentarios

  1. Luciano says:
    jueves, septiembre 10, 2009

    Ajá. Como siempre ha dos opciones, o correrse o pisar al sapo.
    Lo que menos asco le dé.

  2. Melina says:
    miércoles, septiembre 23, 2009

    Buenísima la historia!! Desopilante! Me pregunto (para una segunda parte...) qué pasaría si vos resultás más inteligente que el sapo socarrón y le "hacés la cama"... La cuestión es si al eliminar la supuesta fuente de tus pensamientos parásitos, no corrés el riesgo de que tu odio y repulsión se depositen en otro ser, el verdadero culpable (la dueña de la pocilga!).
    Muy bueno el blog, che.